sábado, 30 de octubre de 2010
Nada parecía importar mucho en ese último tiempo, cuando los vientos de septiembre azotaban puertas y ventanas con más fuerza que nunca.
- No .- atiné a responder aún tiritando por lo que había pasado hace casi una hora .- pero no me importa.- Mi hermano posó su mano en mi hombro y haciendo un gesto cariñoso , trató de transmitirme ánimo. Sin embargo, para mí , ahora todo era insípido. De un segundo a otro las cosas cambiaron brutalmente y no estaba segura de si algo volvería a salir bien.
Mi hermano constituía todo en mi vida. Él fue quien me enseñó mis primeros pasos, quien me cambiaba pañales y quien me daba la comida. Era siete años mayor que yo, pero hasta el momento, lo mejor que me había pasado.
Fue él quien una vez me dijo : “ vivir es jugar , y tanto tú como yo , seguiremos jugando, sin importar que tan malas sean las reglas . Nunca te dejaré sola”, y así me lo ha demostrado año tras año.
Siempre ha estado a mi lado, ha sido mi caparazón y mi pilar, mi frazada cuando hace frío y mi sol cuando el día está nublado.
A veces pienso que él algún día se casará, se irá de mi lado, tendrá una familia y estoy tan consciente de aquello, que el sólo hecho de imaginarlo , hace que gotitas rueden por mis mejillas .
Pero en estos momentos , en estos precisos momentos , nada era más importante y urgente que escapar.
Otoño del
- ¿Estás emocionada, mi amor?. Hoy es tu primer día de escuela .- me decía mi madre con una sonrisa muy fingida y con su aspecto demacrado y moreteado.
Recuerdo que en ese momento entró mi padre a mi habitación, sólo en shorts y algo despeinado. Me dio un pequeño golpecito en la espalda y luego se fue.
De pequeña entendí que así él expresaba su “cariño” , aunque siempre supe que no me quería. Mi madre tampoco lo hacía.
El término “crianza” de mis papás significaba comprar algo de comida y ropa y que, para variar, mi hermano se encargara del resto.
Desde los cuatro años, mas o menos, comprendí que éramos una obligación para ellos, que aunque no nos gustara aceptarlo, nos odiaban, sin embargo, no lo demostraban tanto como ellos quisieran.
Fue así como año tras año una parte de mi corazón se fue oscureciendo. En la escuela yo veía a mis compañeros con sus familias, con sus padres compartiendo en las loterías. Nosotros nunca tuvimos nada de aquello.
Pero “lo que no te mata , te fortalece” escuché una vez por ahí y siempre traté de que mi vida, aunque no fuera de lo más normal en el ámbito del árbol genealógico, no se saliera de los márgenes sociales que , precisamente en la escuela, me establecían. En ese lugar todos te miran como un pequeño cachorro abandonado, sólo les das pena.
Traté siempre de mantener mi carácter alegre, esconder mis miedos, mis problemas y hacer como si nada pasara. Por supuesto, no todo resultaba como yo quería y además todo, absolutamente, tiene un límite, y hace una hora aproximadamente, la gota había rebalsado completamente el vaso de agua que llenaba mi alma.
Era viernes y había llegado recién de un día de escuela, normal, aunque con las mismas miradas de desesperanza sobre mí. En media hora más llegaba mi hermano de la universidad. Todos los viernes lo esperaba para cenar. Supongo que era mi día favorito, el día donde me sentía completamente a salvo.
Estábamos comiendo tranquilamente cuando de afuera escuchamos gritos y golpes de un hombre con una mujer. Nos miramos con caras de terror, suponiendo que ahora venía lo peor, hasta que se abre la puerta de golpe.
Nuestro papá se encerró en el baño y comenzó a gritar cosas inentendibles , pero ya nada de eso importaba demasiado. Paré a mi hermano como pude y le puse un paño con agua fría en la cara. Él se repuso rápidamente, tomó las llaves de su auto y salimos de la casa.
Íbamos saliendo por el jardín cuando vimos un bulto tirado en la reja de afuera. Era mamá. Fue una imagen desastrosa por cierto.
- No vale la pena.- le dije llorando a mi hermano .- sólo vámonos de este lugar, por favor.
Subimos al auto, yo aún llevaba la mochila aferrada a mi hombro. Ese sería el único recuerdo que tendría. No volvería a esa casa, nunca más.
Ahora la vida se veía más complicada, mis días ya no tendrían el mismo sentido y supongo que para los conocidos, sería una pobrecita la cual sufría de “violencia intrafamiliar”. Sin embargo, me llegaba a dar risa pensarlo. De una extraña manera, sentí un peso menos encima de mi espalda. Ya no estaba aferrada ni atada a una cadena de miseria, podría ser libre. Tenía toda una vida por delante y estaba segura que no la iba a desaprovechar, además sabía que existía alguien en mi día a día que jamás me abandonaría.
Con el paso de los años fui cultivando un pensamiento que de alguna forma u otra sería la cura a todas mis heridas: Carpe diem.